El diputado cruceño Rafael López pasó de ser cuestionado por su comportamiento político a convertirse en un problema para su propia bancada. Su alejamiento de la línea de Libre y el respaldo que brindó a varias iniciativas del Gobierno de Rodrigo Paz lo llevaron a ser señalado como el supuesto articulador de un grupo de legisladores acusados de “tránsfugas” por apartarse de Tuto Quiroga y acercarse al oficialismo.
Desde su cargo de jefe de bancada de Libre, López mantuvo una posición que generó malestar entre sus colegas. Aunque ante las cámaras asumía una defensa más bien tibia del Gobierno, en la Asamblea Legislativa su actuación era observada con mayor suspicacia: en determinadas votaciones optaba por la abstención o asumía posiciones que terminaban favoreciendo al oficialismo, según sus críticos.
Este lunes, reapareció para cuestionar la posible ampliación del Estado de Excepción y repitió lo que el líder de Libre dijo: que antes del Ejecutivo debe acudir a la Asamblea a rendir cuentas del Estado de Excepción.
Sin embargo, la situación dio un nuevo giro la semana pasada, cuando López concedió una entrevista en un programa de streaming en la que evidenció aparentes señales de encontrarse en estado inconveniente. El episodio provocó una reacción inmediata dentro de Libre y una ola de críticas en las redes sociales.
Los nueve jefes de bancada de la organización política le exigieron su renuncia como jefe de bancada. No esperaron una prueba de alcoholemia para asumir una posición política frente a lo ocurrido y le hicieron conocer que su comportamiento había cruzado una línea que ya no estaban dispuestos a tolerar.
López, por su parte, reconoció que no se encontraba en sus cabales durante la entrevista, pero rechazó las críticas y descartó abandonar el cargo. Pese al pedido de su propia bancada, decidió mantenerse al frente de ella.
El episodio resulta particularmente incómodo para Libre porque la disputa se produce cuando falta poco para la renovación de las jefaturas de bancada, prevista para el 8 de noviembre. El pedido de renuncia, sin embargo, no parece estar relacionado con el tiempo que resta para concluir su gestión, sino con la pérdida de confianza que provocó su conducta entre quienes lo llevaron a ocupar ese puesto.
El caso también expone una contradicción política. López, que debía representar y defender las posiciones de Libre desde la Cámara de Diputados, terminó siendo cuestionado precisamente por su cercanía con iniciativas del Gobierno y por una conducta parlamentaria que, según sus detractores, habría debilitado la posición de su propia bancada.
La tensión se hizo evidente en las sesiones de interpelación a ministros. Mientras públicamente podía mantener una posición crítica o cautelosa frente al Gobierno, en el momento decisivo de las votaciones su abstención podía contribuir a reducir la fuerza de una censura o de una posición adversa al Ejecutivo.
Ahora, el problema para López ya no parece ser solamente la relación con el Gobierno ni las acusaciones de “transfugio”. El conflicto llegó hasta su propia casa política: los nueve jefes de bancada le retiraron su confianza y le pidieron que deje el cargo, pero él decidió aferrarse a la jefatura.
Puede conservar el puesto, pero difícilmente puede conservar intacta la autoridad política que tenía cuando asumió. El costo de la crisis es doble: por un lado, quedó bajo sospecha dentro de Libre por sus posiciones frente al Gobierno; por otro, terminó exponiéndose públicamente con un episodio que su propia bancada consideró suficiente para exigir su salida.
López puede resistir la presión y permanecer en el cargo hasta que llegue la renovación de noviembre. Lo que resulta más difícil de sostener es la confianza de una bancada que ya le dijo, de manera pública y directa, que no lo quiere como jefe.