Nunca antes, en los últimos 20 años, un gobierno en Bolivia se había despedido con una economía tan frágil y un horizonte tan incierto. El gabinete del presidente Luis Arce Catacora llega a su final en medio de colas interminables por combustible, escasez de dólares y unas reservas internacionales agotadas.
El mandatario, que fue presentado por Evo Morales como el mejor economista boliviano, acabó con su prestigio recogiendo de la lona, golpeado por la crisis y con un discurso que culpa al bloqueo legislativo, sin admitir que el país perdió su principal fuente de ingresos: el gas que en tiempos de bonanza llenaba las arcas del Estado.
Arce terminó su mandato en la loma del desprestigio, acompañado de un gabinete débil y carente de resultados. Muchos de sus ministros llegaron por cuotas políticas o favores a organizaciones sociales, más que por mérito o capacidad. La mayoría se caracterizó por la ineficiencia, los escándalos y una gestión marcada por la improvisación. Pocos lograron sostener su cargo hasta el final: María Nela Prada en la Presidencia, Marcelo Montenegro en Economía, Edgar Montaño en Obras Públicas, Edmundo Novillo en Defensa y, en menor medida, Sergio Cusicanqui en Planificación.
El modelo de gestión de Arce fue un espejo del de su mentor, Evo Morales: buscar respaldo popular con obras y discursos paternalistas, creyendo que gastar equivalía a gobernar. Pero, a diferencia de Morales, Arce no tuvo un colchón financiero. Gobernó sin los dólares del gas, con un aparato estatal inflado y con la ilusión de que la “industrialización” podría reemplazar el boom de exportaciones que ya no existe. Su gobierno se volvió una administración que sobrevivía a base de parches, discursos y préstamos externos bloqueados.
A lo largo de su mandato, los cambios en el gabinete fueron frecuentes y, en muchos casos, forzados por escándalos de corrupción. Ministros como Wilson Cáceres, Edwin Characayo, Adrián Quelca, Juan Santos Cruz o César Siles salieron del Gobierno envueltos en denuncias que evidenciaron la falta de control y transparencia en la gestión pública. Cada relevo ministerial fue una señal del desgaste político y de la descomposición de un equipo que nunca logró consolidar una dirección clara.
Cinco años después, el balance es lapidario. El gabinete de Luis Arce se despide con más pena que gloria, sin reformas estructurales, sin estabilidad económica y sin un liderazgo que inspire confianza. El “gobierno de los técnicos” terminó en un ejercicio de poder sostenido por la improvisación y el desgaste. Arce, que alguna vez fue símbolo de solvencia económica, se va dejando un país en crisis, un Movimiento al Socialismo fracturado y un legado marcado por la decepción.