En política, las palabras nunca son inocentes. No se pide auxilio: se invoca “consenso”. No se admite debilidad: se apela a “la patria”. Bajo ese código no escrito, el vicepresidente Edmand Lara terminó ensayando su propia versión del pedido de socorro: “poner la mano en el corazón”.
Arrinconado políticamente, desplazado de los espacios reales de decisión y asfixiado presupuestariamente hasta el punto de no poder garantizar el funcionamiento regular de su despacho, Lara llevó su reclamo a las redes sociales. No habló de bloqueo ni de estrangulamiento institucional; habló de patriotismo. Fue un mensaje dirigido con precisión quirúrgica al ministro de la Presidencia, José Luis Lupo, el administrador de la llave financiera.
La respuesta no tardó. Lupo llegó al despacho vicepresidencial con tono conciliador y anuncio técnico: la implementación del Decreto Supremo 5552 para “garantizar absolutamente todas las actividades relacionadas con el Legislativo”. Traducido al lenguaje menos diplomático: desde ahora habrá gasolina y recursos para que la vicepresidencia funcione sin sobresaltos.
La escena tuvo algo de rendición silenciosa. El vicepresidente, que semanas atrás confrontaba y denunciaba limitaciones, terminó recibiendo al emisario del Ejecutivo en su propia oficina. Y el Ejecutivo, que había mantenido el cerco administrativo, apareció con soluciones bajo el brazo y sonrisa institucional. En política, el gesto importa más que el discurso.
El alivio presupuestario no llega en el vacío. Coincide con la postergación indefinida de la interpelación al ministro de Hidrocarburos, Mauricio Medinacelli, impulsada por el propio Lara tras la polémica por la llamada “gasolina basura”. La Asamblea bajó el tono y el Ejecutivo aflojó la presión. Demasiadas casualidades para no leerlas en clave de negociación.
A esto se suma la salida del polémico asesor Freddy Vidovic, señalado como uno de los principales factores de fricción entre el presidente Rodrigo Paz y su vicepresidente. Sin Vidovic en el entorno, el terreno queda despejado para recomponer puentes que parecían dinamitados.
¿Estamos ante una reconciliación? Todo apunta a una tregua pragmática. El Gobierno necesita estabilidad legislativa para aprobar leyes económicas en un contexto complejo. Lara, debilitado, requiere oxígeno político y administrativo. Y en el horizonte asoma la posibilidad de nuevas alianzas, incluso con actores como Samuel Doria Medina, en la búsqueda de una mayoría funcional en la Asamblea.
En definitiva, más que un gesto humanitario, lo ocurrido parece un ajuste de fuerzas. Lara pidió “mano en el corazón” y recibió combustible institucional. El Ejecutivo cedió recursos y ganó previsibilidad parlamentaria. Si hay reconciliación, no será por afecto, sino por necesidad.
El apretón de manos podría estar a la vuelta de la esquina. En política, las convicciones suelen durar lo que dura la correlación de fuerzas.