Categoria: Política
Publicado 23 de noviembre de 2025

Juan Carlos Marañón Albarracín/
Tomado de BolPress

En su primera semana de gobierno, el presidente Rodrigo Paz instaló un relato, casi de serie dramática: el Estado boliviano heredado es “una cloaca”, un pulpo con tentáculos fuera de control con el que se “robaron 15.000 millones de dólares” y, al mismo tiempo, un cadáver sobre el que solo cabe practicar una autopsia.

No halló instituciones deterioradas, estructuras ineficientes ni problemas de gestión; encontró, según él, una película de terror y horror: Estado muerto y una máquina montada para “robarle el futuro a la patria”.

Estas metáforas no son neutras ni inocentes. Funcionan como narrativa que ordenan toda la interpretación de la realidad. Si el Estado es una cloaca, todo lo que provenga de la etapa anterior (Evo Morales Ayma, Luis Arce Catacora y el MAS) queda automáticamente contaminado.

Si lo único posible es la autopsia, la continuidad institucional pierde sentido y cualquier ruptura abrupta se vuelve casi una obligación moral. Lo que está en juego no es solo la descripción de una crisis, sino la construcción de una narrativa total: “Ellos” dejaron un cadáver. “Nosotros” lo abrimos para mostrar el crimen… y, de paso, para gobernar sin herencia legítima que estorbe en la resurrección de “la patria”.

Ex ministro desmiente a Paz

El corazón numérico del discurso de Paz es la denuncia de un presunto “robo” de más de 15.000 millones de dólares. La cifra aparece una y otra vez en la conferencia de prensa, en las respuestas a periodistas y en las notas de prensa posteriores, siempre como símbolo del saqueo y casi nunca como dato técnicamente explicado.

El presidente ofrece un único ejemplo concreto y aún así tropieza. Afirma que se compraron nueve radares por 360 millones de euros y que no habrían funcionado en más de diez años, pero Edmundo Novillo, exministro de Defensa, lo contradice con cifras verificables: no fueron nueve sino trece.

Además de la cantidad, Novillo aclara el estado exacto de cada equipo y el monto restante. Siete radares militares están en operación, mientras cinco civiles y uno mixto aguardan certificación. Y el costo real no llegó a 360 millones, sino a 191, con solo 4 millones aún por pagar. Cuando los números hablan, las narrativas improvisadas se caen solas.

Ese caso digno de investigación profunda, es utilizado como “muestra” de un daño mucho mayor. Pero nunca se expone un desglose que responda preguntas básicas que cualquier ciudadano mínimamente curioso podría hacerse:

  • Utiliza la palabra “robo” y da una cifra enorme, lo que implica que tomaron ese dinero. Sin embargo, 15.000 millones es mucho y es prácticamente imposible visualizar e incluso robar físicamente esa cantidad.
  • Es fundamental diferenciar con precisión las irregularidades financieras y administrativas. Se debe distinguir, por ejemplo, entre robo y malversación (entendida esta última como el uso indebido de fondos públicos, incluyendo el desvío o la aplicación a partidas no correspondientes). A estas figuras se suman la negligencia en la adquisición de bienes o servicios, el cobro de sobreprecios, la corrupción comprobada, las coimas y los sobornos, entre otras tipologías de ilícitos. ¿A qué se refiere?
  • ¿En qué tiempo se produjo? Si son 20 años significan unos 750 millones de dólares al año.
  • ¿Se robaron dinero en efectivo, sacaron recursos del Banco Central de Bolivia o del Banco Unión?
  • ¿Cuántos contratos corruptos, pero legales, descubrieron?
  • ¿Cuánto corresponde a subsidios, pérdidas de empresas públicas o decisiones económicas discutibles, pero no delictivas?

En la conferencia, Paz admite que la cifra es “posible”, que incluso puede ser mayor, pero que debe “certificarse”, lo que confirma que no proviene de una auditoría cerrada, sino de estimaciones preliminares (o solo de cálculos políticos de campaña). Pese a ello, la trata como verdad política consolidada.

Un número redondo, enorme, fácil de recordar e imposible de verificar por el ciudadano común. La cifra de 15.000 millones funciona entonces menos como insumo de un balance técnico y más como emblema moral, casi religioso, de la etapa anterior. Amén.

Marcar al enemigo en campaña

En la lógica del discurso, el enemigo está claramente definido: veinte años de “mala gestión” reducidos a un bloque homogéneo culpable de todo, desde la crisis de combustibles hasta el deterioro fiscal y, si se estira un poco el argumento, también de los errores presentes. No hay matices, ciclos ni diferencias entre gobiernos; hay un largo invierno de corrupción que solo termina cuando la nueva administración entra a “ordenar la casa”.

Esta construcción del adversario cumple tres objetivos muy funcionales:

  1. Permite concentrar todas las culpas en un “ellos” difuso, pero fácilmente identificable en la memoria política reciente. Cuantos más años se atribuyan al enemigo, mejor, la contabilidad política siempre suma hacia atrás.
  2. Exonera, al menos en la narrativa, a otros factores estructurales como el modelo primario – exportador, dependencia de hidrocarburos, volatilidad de precios internacionales, errores plurales de política económica, trabas legislativas a créditos internacionales en tiempos electorales. Todo eso es complicado; decir “robaron” es mucho más sencillo, aunque no exacto semántica ni jurídicamente y por ello, dada la importancia del tema, no es responsable.
  3. Justifica una línea de discurso donde cualquier crítica o protesta futura puede ser asociada, no con demandas legítimas, sino con la defensa de ese “régimen corrupto dictatorial”.

Cuando Paz afirma “el que quiera bloquear, bloquea la economía de los bolivianos” y quienes actúan políticamente contra la estabilidad “no quieren soluciones para la patria”, está reconfigurando el conflicto social.

Bloquear ya no es solo una forma de presión, sino una forma de alinearse con el bando de la corrupción. El enemigo ya no es solo quien gobernó antes; es también quien se atreva a cuestionar el rumbo del actual gobierno en las calles. La ecuación es simple: Si protestas, eres sospechoso; si aplaudes eres patriota. Antes de asumir el cargo amenazó: quienes “no colaboren, sufrirán las consecuencias”. No quien se oponga, sino quien no colabore.

Información vs. eslogan

Las preguntas de los periodistas, en la conferencia, son una oportunidad para pasar de la épica al detalle. Y, en varios casos, lo intentan con dignidad profesional. Una reportera quiere saber qué pasará con los 15.000 millones: ¿habrá procesos?, ¿qué acciones se tomarán para recuperar el dinero?, ¿cuándo se conocerán las baterías de decretos? Otra, de Unitel, va más lejos, pide desglosar esa cifra en partidas, obras y proyectos concretos, y pregunta cómo y cuándo terminará la “subvención ciega” que el propio gobierno critica.

Esas son preguntas periodísticamente bien planteadas: obligan a traducir el titular en cronogramas, procedimientos, responsables e impactos; pero la respuesta presidencial se refugia de nuevo en el marco general, donde siempre hay luz, cámaras y aplausos. Frente a la exigencia de precisión, Paz ofrece:

  • Promesas genéricas de “no impunidad” y de actuar “con respaldos”, sin mayor detalle sobre tipos de procesos, tiempos ni prioridades.
  • El anuncio de digitalizar procesos del Estado, sin detallar plan, plazos ni plataforma. En términos tecnológicos, una nube. Mucha promesa, poca interfaz.
  • La reiteración del ejemplo de los radares y la advertencia de que la cifra puede ser incluso mayor (“siete días y ya llegamos a 15.000 millones”, como si fuera un récord Guinness de hallazgos).
  • Un desplazamiento hacia otros temas (baja del riesgo país, estabilización del tipo de cambio, orgullo nacional), especialmente cuando se le pregunta por el futuro de la subvención.

El momento más claro de síntesis retórica es la frase: “si no se roba, alcanza”. Es un eslogan potente, digno de cualquier campaña que pretende moralizar la política económica. En Bolivia no es nueva, ha sido usada y repetida por Evo Morales, y forma parte de la misma familia de consignas que Nayib Bukele convirtió en marca de su reelección indefinida.

Esa frase reduce un problema complejo (presión fiscal, estructura productiva, subsidios, reservas internacionales) a una única variable moral: el robo. Es cierto que la corrupción devora recursos, pero no es cierto que la simple honestidad, por sí sola, garantice que “alcanza” para todo. Si así fuera, bastaría con ser virtuosos para que aparezcan los dólares debajo de la almohada.

“No hay platita”, simplificar la crisis

Algo similar ocurre con la descripción del estado de las finanzas. Paz afirma que “todo lo que estaba como presupuesto ya se gastó” y que “no hay platita, se gastaron toda la platita”. Este recurso coloquial tiene fuerza comunicativa y funciona muy bien en redes, pero es extremadamente impreciso.

Decir que “no hay nada en las arcas” sugiere un colapso total: un Estado que no puede pagar salarios, ni deuda, ni garantizar servicios básicos. Sin embargo, contradictoriamente, en el mismo discurso, el presidente afirma:

  • Que existen acuerdos por más de 3.100 millones de dólares con la CAF, condicionados a “ordenar la casa”.
  • Que la gasolina y el diésel están “garantizados” y que ya se sienten los efectos de medidas de estabilización en la baja del dólar.
  • Que se trabaja en un paquete de obras y proyectos para las regiones.

Al parecer, “no hay platita”, pero sí hay suficiente como para firmar acuerdos, asegurar combustibles y anunciar obras. La imagen de “arcas vacías” encaja con la lógica de choque político, pero no explica con rigor la situación fiscal, ni habla de déficit, ni distingue entre presupuesto comprometido y ejecutado, ni aclara si el problema es de liquidez, de reservas o de estructura del gasto. El mensaje despierta indignación, pero no comprensión. Es decir, perfecto para campaña, insuficiente para la población que demanda información.

Periodismo del poder

Aquí aparece el otro gran problema. La forma en que buena parte de la prensa reproduce el discurso presidencial sin despeinarse. La prensa del poder se acomoda en titulares como “No hay platita: Paz rehace PGN y alerta daño millonario” o “Paz afirma que la ‘autopsia al Estado’ revela un robo de $us 15.000 millones”, que muestran hasta qué punto los medios adoptan las frases del presidente como eje de su cobertura.

En lugar de formular encabezados propios que sitúen el debate (“Paz denuncia presunto desfalco sin detallar el origen de la cifra”, “Gobierno habla de ‘Estado muerto’ pero no presenta plan fiscal completo”), muchos optan por amplificar las expresiones más llamativas: “no hay platita”, “autopsia al Estado”, “cloaca”, “desfalco de 15.000 millones”.

La nota, en general, se limita a ordenar las declaraciones, agregar un mínimo de contexto político y reproducir sin mayor contraste los datos brindados por el Mandatario. Un periodismo de notaría púbica, pero con mejor diagramación.

Aquí cabe una distinción clave. No es lo mismo lo que se pregunta en la conferencia que lo que se decide en la mesa de redacción. En sala de prensa hubo preguntas incómodas y pertinentes. El problema es que, en demasiados casos, esas respuestas luego se convierten en simples citas de color, sin investigaciones adicionales ni contrastes serios.

Lo que falta en las redacciones es justamente lo que el buen periodismo debería aportar cuando un presidente lanza acusaciones de ese calibre:

  1. Preguntar, después, cómo se calculó la cifra de 15.000 millones y no quedarse solo con la frase.
  2. Exigir un cuadro que separe corrupción probada, daño estimado, pérdidas de empresas y otras variables.
  3. Tomar en cuenta el tiempo, poner fechas.
  4. Comparar esas cifras con el tamaño de la economía y con otros episodios históricos. Cont
  5. Incluir voces de especialistas, opositores, exautoridades y organismos de control.

Al no hacerlo (o al hacerlo de forma muy tímida en las primeras notas), los medios dejan de ser intérpretes críticos de la realidad y se convierten en canales de amplificación de la narrativa oficial. No es que mientan. El presidente dijo exactamente eso. El problema es que decir “el presidente dijo” no equivale a informar a la ciudadanía con profundidad y contexto. La diferencia entre boletín oficial y periodismo se mide justamente en lo que se analiza e investiga, no en lo que se copia y pega.

Denuncia necesaria y la épica que lo cubre todo

El país necesita saber si hubo un daño gigantesco al Estado y quiénes son los responsables. Denunciar el posible desfalco, revisar contratos como el de los radares, destapar redes de desvío de combustibles y digitalizar procesos públicos no solo es legítimo; es imprescindible. Sin embargo, la credibilidad de ese esfuerzo depende de algo más que de metáforas que creen brillar y cifras redondas que suenan bien para los titulares.

Un discurso presidencial responsable debe:

  1. Explicar con transparencia de dónde salen los números que se ponen sobre la mesa.
  2. Delimitar con precisión qué es corrupción penalizable y qué es mala decisión económica o política.
  3. Evitar convertir todo el pasado reciente en un bloque homogéneo de “mala gestión” y toda protesta futura en complicidad con la corrupción.

Por su parte, un periodismo a la altura de la coyuntura debería asumir que las frases “no hay platita”, “cloaca”, “autopsia al Estado” o “si no se roba, alcanza” son solo el punto de partida. El trabajo de fondo comienza cuando se apagan los micrófonos del Palacio y se prenden las calculadoras, los documentos, las bases de datos y las voces expertas.

Mientras el discurso del presidente siga operando más como campaña permanente (con un enemigo que carga con todas las culpas y un nosotros que se presenta como moralmente puro), y mientras los medios se limiten a repetir sus marcos como si fueran descripciones objetivas del mundo, la ciudadanía seguirá recibiendo más épica que explicación, más indignación que información.

El presidente Paz debe recordar que pasó cinco años como senador, cobrando del Estado y obligado por mandato constitucional a fiscalizar. Aun así, nunca advirtió el supuesto desfalco de 750 millones anuales, es decir, 3.750 millones durante toda su gestión parlamentaria. Es curioso, tanta trayectoria, tanto discurso moral y ni una sola alarma encendida.

Un país que necesita decisiones difíciles y debates serios sobre subsidios, deuda y modelo productivo no puede darse el lujo de quedarse solo con titulares supuestamente ingeniosos que, al final, muestran la pobreza del discurso presidencial y la pobreza, más preocupante aún, de un periodismo que renuncia a incomodar al poder.