La sinuosa y polémica trayectoria mediática de Omar Durán parece haber encontrado una nueva especialidad: pasó de presentarse como analista político a ser el profeta de las sospechas. Cada micrófono que le ponen delante se convierte en una tribuna para disparar insinuaciones, descalificaciones y acusaciones contra quien se cruce en su camino. Esta vez, su blanco fue el viceministro de Régimen Interior, Peter Maldonado, quien fue mencionado en carteles sobre una aparente deuda pendiente con organizaciones criminales.
Durán tiene el comportamiento del músico de cualquier garito: canta al gusto del cliente (léase entrevistador) con tal de mantenerse en escena. En su caso, habla de cualquier asunto, encuentra cualquier pretexto y acomoda su discurso para golpear al Gobierno de turno. Así construyó una presencia mediática basada más en la descalificación que en el análisis.
Su paso por la función pública tampoco le otorga la autoridad que pretende exhibir. Fue jefe de Transparencia durante la gestión del exministro de Obras Públicas Iván Arias Durán, en el gobierno de Jeanine Áñez. Sin embargo, semejante cargo no lo convirtió en referente de transparencia ni acredita una trayectoria de resultados que respalde sus actuales aires de fiscalizador.
Tampoco basta con presentarse como abogado para reclamar autoridad profesional. Hasta ahora, Durán no ha hecho pública una trayectoria judicial que permita conocer cuántos procesos patrocinó, cuántos ganó o cuáles son los resultados concretos de su ejercicio profesional, claro que la jurisdicción ordinaria porque en la militar debe tener muchos en su haber porque en ese circuito cerrado nadie sabe cuánto cuesta ganar un proceso militar.
Mucho menos puede pretender Omar Durán que sus opiniones sean sentencias por el solo hecho de pronunciarlas ante una cámara, es más lo pone en plano de un pitonizo barato, es el tilín que baila al ritmo de la música (agenda) que le ponen.
En el terreno de las especulaciones, Durán parece sentirse mucho más cómodo que en el de los argumentos.
Su credibilidad también ha sido objeto de controversia pública, luego de que el exgeneral Juan José Zúñiga, tras recuperar su libertad, formulara acusaciones de violación. Se trata de señalamientos que tampoco podría tener pruebas, pero que ilustran el ambiente de confrontación en el que se mueve el personaje, es decir, tomó de su propio remedio.
Lo preocupante no es solamente su estilo, sino la facilidad con la que algunos medios le abren micrófonos y cámaras para convertir sus conjeturas en aparentes revelaciones. Con el argumento de advertir que no pretende acusar a nadie, termina lanzando insinuaciones que dejan flotando sospechas sin presentar pruebas ni elementos verificables.
Esta vez, Durán planteó dos supuestas teorías sobre las amenazas contra el viceministro Maldonado: que su trabajo contra el crimen organizado estaría incomodando a las organizaciones criminales o que existirían compromisos anteriores incumplidos con esos grupos.
Para darle apariencia de análisis a su especulación, declaró en la red DTV que había que investigar los “compromisos del pasado de Maldonado”, porque, según su razonamiento, “nadie en un mes puede tener ese tipo de amenazas”.
¿En qué pruebas sustenta semejante insinuación? ¿Qué compromisos identifica? ¿Con quiénes se habrían contraído? No presentó nombres, documentos ni elementos que respalden su hipótesis. Simplemente dejó caer la sospecha y trasladó a otros la tarea de demostrar lo que él ni siquiera se tomó el trabajo de fundamentar.
En otra muestra de su particular memoria selectiva, recordó que Maldonado participó en la campaña electoral de Jorge Tuto Quiroga y que habría sido cuestionado. Lo que convenientemente omitió mencionar es que él oficiosamente formó parte de ese entorno político al haberse atribuido el cargo de secretario de Seguridad, aunque luego fue desautorizado. Ahora, desde una supuesta superioridad moral, pretende examinar la trayectoria de otros, como si su pasado político y sus propias actuaciones estuvieran exentos de escrutinio.
Durán también deslizó versiones sobre presuntas denuncias de militantes que habrían acusado a Maldonado de ofrecer o vender cargos cuando tenía responsabilidades en la campaña de El Alto. Sin embargo, volvió a quedarse en el terreno de las insinuaciones: no identificó a los denunciantes, no presentó documentos ni mostró una investigación que permita verificar esas afirmaciones.
Ese es precisamente el problema de este personaje: confunde la libertad de opinar con la licencia para sembrar sospechas. Una cosa es fiscalizar a una autoridad y otra muy distinta es utilizar un micrófono para lanzar acusaciones sin hacerse cargo de demostrar su veracidad.
Algunos canales parecen encontrar en esta clase de intervenciones la música que quieren escuchar. Le ponen cámara, le abren espacio y lo presentan como una voz de análisis, cuando termina siendo el tonto útil para generar ataques personales y reproches políticos.
De analista improvisado a profeta de sospechas. Durán parece haber encontrado en la controversia su principal mecanismo de vigencia mediática. Porque para analizar se necesitan argumentos, para cuestionar se requieren pruebas y para acusar hay que asumir responsabilidades.
Gritar sospechas frente a una cámara no convierte a nadie en analista, mucho menos en autoridad moral para juzgar a los demás, lo convierte en un pitoniso o el chismoso de sospechas.