Santa Cruz, el departamento económicamente más importante del país, merece un gobernador a la altura de su peso productivo, político y social. Sin embargo, Juan Pablo Velasco (JP) parece empeñado en demostrar que se puede tener una economía poderosa y, al mismo tiempo, una autoridad pobre en criterio, educación y compostura. El hombre que llegó vendiendo la imagen de una renovación política, con el discurso de una Bolivia «sexy», termina enlodando su propia imagen con desplantes, insultos y expresiones impropias de quien representa a todo un departamento.
JP parece haber confundido popularidad con vulgaridad y cercanía con falta de respeto. Cada vez más malhablado, confrontacional e irrespetuoso con la prensa y con quienes cuestionan su gestión, habla como un parroquiano que acaba de salir de algún bar, sin medir que sus palabras no representan solamente su temperamento, sino también la investidura que ocupa. Ser espontáneo no significa carecer de educación, ni hablar sin discursos preparados implica convertir los insultos en argumentos políticos.
Pero la contradicción de JP no termina en sus modales. También carga con cuestionamientos de deslealtad y falta de gratitud hacia los propios militantes de Libre que trabajaron para llevarlo a la Gobernación. Quienes lo respaldaron electoralmente esperaban participación en la gestión y espacios para contribuir al proyecto político; sin embargo, sus críticos sostienen que fueron relegados, excluidos de los espacios de decisión y prácticamente aislados del poder departamental.
En lugar de fortalecer a la organización que lo llevó al cargo, habría preferido acercarse a la institucionalidad cruceña y a los círculos de poder económico, en una apuesta por conservar el respaldo de las logias y sectores empresariales con influencia en Santa Cruz. Si llegó con el discurso de renovar la política, tendrá que explicar por qué terminó distanciándose de quienes hicieron posible su ascenso.
Y no, los cruceños no son así. Santa Cruz tiene una tradición empresarial, cívica, intelectual y política que no puede reducirse a los exabruptos de su gobernador. El problema es JP, que en sus intervenciones públicas recuerda cada vez más el estilo de Edmand Lara: recursos limitados de oratoria, lenguaje restringido y una facilidad preocupante para reemplazar argumentos por descalificaciones. La diferencia es que ahora ocupa una de las gobernaciones más importantes del país y debería entender que no está hablando únicamente en nombre propio.
Quería proyectar una Bolivia moderna, atractiva y renovada, pero su comportamiento empieza a producir el efecto contrario. La renovación no consiste en cambiar de generación para repetir los vicios de la vieja política, ni en conquistar aplausos a punta de insultos ni malas palabras. Tampoco consiste en utilizar a los militantes para llegar al poder y después cerrarles las puertas de la gestión. Un gobernador no está obligado a ser diplomático en todo momento, pero sí tiene la obligación de respetar la investidura que representa.
JP llegó prometiendo una Bolivia sexy, pero entre sus exabruptos, sus desplantes y sus contradicciones políticas, está terminando por mostrar una renovación de fachada y las viejas mañas de siempre.