Categoria: Política
Publicado 8 de noviembre de 2026

Edmand Lara terminó la legislatura 2025-2026 sin conseguir conducir el cierre de la Asamblea Legislativa y, lo que es más significativo, sin el respaldo de los presidentes de las cámaras ni de los principales bloques parlamentarios.

Su primer año como presidente nato de la Asamblea deja una imagen de aislamiento político, desaciertos en el manejo institucional y una preocupante confusión entre autoridad y disciplina vertical.

El problema de Lara parece haber sido creer que podía manejar a diputados y senadores como si fueran policías recién egresados de la escuela básica policial, imponiendo puntualidad, obediencia y disciplina bajo sus propias reglas.

No comprendió que la Asamblea es un espacio político donde la autoridad no se ejerce a punta de órdenes, sino mediante acuerdos, negociación y construcción de consensos.

La vigésima sesión ordinaria del 6 de noviembre de 2026 fue el episodio que terminó por desnudar esa debilidad.

Lara hizo una verificación visual del quórum, concluyó que no había suficientes legisladores y decidió retirarse de la testera, disponiendo la reprogramación de la sesión. Su reacción, marcada por la impotencia y el malestar, terminó convirtiéndose en una señal de que había perdido el control de la conducción parlamentaria.

Pero la Asamblea no se detuvo. Ante su ausencia, el presidente del Senado, Diego Ávila, instaló la sesión con el quórum reglamentario. Sometió a consideración la reprogramación dispuesta por Lara, que fue rechazada, y dio curso a la clausura del período legislativo. El resultado fue políticamente demoledor: la legislatura terminó sin que Lara pudiera presentar su informe del primer año de gestión.

Aquella jornada quedará como la expresión más contundente de la desconexión entre el presidente nato de la Asamblea y los titulares de ambas cámaras. Roberto Castro, en Diputados, y Diego Ávila, en el Senado, terminaron imponiendo una salida institucional que dejó a Lara al margen de la clausura legislativa y lo colocó ante una realidad incómoda: presidir la Asamblea no significa tener el control político de sus integrantes.

La crisis se prolongó con la convocatoria a la sesión inaugural de la legislatura 2026-2027. En su insistencia por imponer su propia agenda, Lara convocó inicialmente para el sábado y volvió a fracasar. Este domingo intentó nuevamente, pero tanto los presidentes de ambas cámaras como los jefes de bancada volvieron a dejarlo plantado. Dos convocatorias fallidas que reflejan algo más profundo que un problema de asistencia: la pérdida de interlocución y de capacidad para articular acuerdos.

Sin otra salida, Lara convocó a la primera sesión ordinaria de la legislatura 2026-2027 para el miércoles 11 de noviembre, a las 10:00. Como ingrediente político, incorporó en la agenda el informe de gestión del presidente Rodrigo Paz, aunque aclaró que esa convocatoria no supone reconocer la sesión de clausura del viernes 6 de noviembre.

Así, el enredo legislativo se prolonga con una sesión inaugural convocada tres días después del 8 de noviembre, fecha que marca el inicio del nuevo período constitucional, coincidente con la asunción de Rodrigo Paz a la Presidencia del Estado.

Si de balances se trata, el primer año de Lara deja más preguntas que resultados. En el plano político, terminó demasiado próximo a las posiciones de la oposición de LIBRE, sin construir una base propia de respaldo.

En el ámbito legislativo, no consiguió consolidar una conducción efectiva de la Asamblea ni una relación funcional con los presidentes de las cámaras. Y en el plano institucional, su distanciamiento del Ejecutivo terminó reduciendo su papel a una figura sin peso real en las decisiones del Gobierno.

Lara comenzó su mandato con la expectativa de convertirse en una figura central del poder político. Sin embargo, termina el primer año convertido en un presidente de Asamblea sin Asamblea, sin aliados suficientes y sin capacidad para imponer siquiera el desarrollo de sus propias convocatorias.

En política, la autoridad no se demuestra abandonando la testera cuando falta quórum ni convocando sesiones que nadie está dispuesto a atender. Se demuestra construyendo mayorías, negociando y haciendo funcionar las instituciones. Ese fue, precisamente, el aprendizaje que Lara no consiguió asimilar.

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