El contexto: tras empatar de local ante Aurora por la Liga, el presidente de Always Ready, Andrés Costa, arremetió en redes sociales calificando a su plantel de “jugadores sin alma” y amagando con echarlos para reemplazarlos con juveniles.
Aunque – el inexperto dirigente al que el cargo le cayó por herencia y no por mérito dirigencial- borró la publicación poco después, el exabrupto y el ataque público a sus futbolistas exponen una falta grave de respeto y vulneran la dignidad del plantel. Pero en Villa Ingenio la bronca dirigencial parece estar por encima de los reglamentos.
El Código Disciplinario de la FBF y las directrices de la FIFA sancionan de forma estricta las ofensas morales, la conducta antideportiva y el maltrato hacia los actores del fútbol. Sin embargo, en nuestro balompié, cuando el agresor lleva el apellido del presidente de la FBF, las reglas no se aplican; se archivan.
¿Qué tribunal disciplinario se va a animar a actuar de oficio contra el hijo de la máxima autoridad del fútbol boliviano? El conflicto de intereses es directo y descarado. La ética y la imparcialidad federativa quedan reducidas a una mera cena familiar.
Las normas de buen gobierno de la FIFA prohíben taxativamente que las relaciones de parentesco condicionen la administración o la justicia deportiva. Hoy, los jugadores quedan desprotegidos ante dirigentes intocables por simple consanguinidad.
Sin fiscalización, sin excusas legales y sin vergüenza institucional: el mensaje para la División Profesional es nefasto. La impunidad plena consolida al fútbol boliviano como un feudo privado donde la norma se detiene en la puerta de casa.