Luis Fernando Camacho Vaca juró este miércoles como embajador extraordinario y plenipotenciario de Bolivia ante Paraguay, en una designación que vuelve a poner en debate el perfil de quienes representan al país en el exterior y el futuro de la carrera diplomática.
Camacho, exgobernador de Santa Cruz, asumirá la misión de fortalecer la relación bilateral con Paraguay en áreas como comercio, inversiones, energía y conectividad.
El discurso oficial apunta, por tanto, a una diplomacia orientada a resultados. El problema es que la primera designación diplomática del Gobierno de Rodrigo Paz vuelve a colocar sobre la mesa la discusión sobre la profesionalización del servicio exterior: Camacho llega a una embajada sin una trayectoria conocida dentro de la carrera diplomática.
La designación adquiere además una lectura política por el respaldo que Camacho ha brindado al Gobierno en la Asamblea Legislativa. Sin embargo, esa relación política no sustituye la experiencia específica que requiere una función diplomática, particularmente cuando se pretende que las embajadas sean instrumentos para atraer inversiones, facilitar el comercio y defender los intereses nacionales.
Paraguay tiene una importancia estratégica para Bolivia por la hidrovía Paraguay-Paraná, la integración física y la participación boliviana en el MERCOSUR. La misión de Camacho incluirá además el relacionamiento con autoridades paraguayas, empresarios, productores, universidades e instituciones, así como la atención de obstáculos al comercio y de los bolivianos residentes en ese país.
Las críticas a las designaciones políticas no son nuevas. El excanciller y diplomático de carrera Jaime Aparicio advirtió recientemente que uno de los principales desafíos de la política exterior es “reinstitucionalizar” la carrera diplomática y recuperar el carácter profesional del servicio exterior.
Aparicio sostuvo que las representaciones bolivianas deberían contar con funcionarios de carrera y no depender únicamente de designaciones políticas. Según su análisis, durante las últimas dos décadas el servicio exterior perdió parte de su carácter profesional debido a la presencia de militantes políticos en embajadas y equipos diplomáticos.
El planteamiento coloca al Gobierno ante una discusión que trasciende el nombre de Camacho: si la nueva política exterior busca una diplomacia técnica, profesional y orientada a resultados, la selección de sus representantes será también una señal sobre el lugar que ocupará la carrera diplomática.
Por ahora, su designación vuelve a alimentar la crítica de quienes consideran que la profesionalización del servicio exterior sigue pendiente.