Categoria: Política
Publicado 4 de agosto de 2026

El comandante general de la Policía Boliviana, Mirko Sokol, volvió a meterse en problemas con sus declaraciones. Esta vez afirmó que la captura de Evo Morales no es una prioridad para la Policía, una posición que fue inmediatamente desmentida por el ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo.

“El Gobierno ha definido como tarea prioritaria, escúcheme, prioritaria, detener a Evo Morales. Eso es todo”, afirmó Oviedo, dejando en evidencia una contradicción pública que no ayuda precisamente a la imagen de un comandante que ya viene acumulando cuestionamientos.

Sokol pasó en pocos días de la cautela que suele caracterizar a un jefe policial a convertirse en protagonista de una crisis de credibilidad.

Los audios en los que habla de una supuesta conspiración de policías para desplazarlo del cargo, sus referencias a colegas y autoridades, y ahora su declaración sobre Evo Morales, terminaron exponiéndolo más de la cuenta.

El problema no es solamente lo que dijo, sino el lugar desde donde lo dijo. Un comandante general de la Policía no puede proyectar la imagen de que la institución tiene una agenda distinta a la del Gobierno en una decisión considerada prioritaria por el Ejecutivo.

La situación se agravó con una serie de señales que alimentaron las dudas sobre su relación con el poder político: su ausencia en un acto de seguridad ciudadana encabezado por Oviedo, la aparición de nuevos audios y, posteriormente, su ausencia en el acto póstumo de ascenso del teniente Yerson Álvarez, mientras sí estuvo presente su Estado Mayor.

Cada hecho puede tener una explicación individual. Pero juntos configuran un escenario de desgaste.

Sokol comenzó esta crisis intentando explicar unos audios y terminó protagonizando una contradicción pública con su ministro.

Primero habló de los “Golden”, después de supuestas conspiraciones, de sus colegas y finalmente de Evo Morales. Cada declaración abrió un nuevo frente y terminó debilitando su posición.

La credibilidad de un jefe policial no se pierde de un día para otro. Se desgasta cuando sus palabras generan más dudas que certezas y cuando sus declaraciones terminan siendo corregidas públicamente por la autoridad política de la que depende.

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