Categoria: Jurídica
Publicado 15 de marzo de 2026

En una de las habitaciones intervenidas durante el operativo de la madrugada del 13 de marzo, la Policía Boliviana encontró una pintura que parecía resumir la ambición de Sebastián Marset. En el cuadro, el uruguayo aparecía rodeado por figuras que marcaron la historia del narcotráfico: Pablo Escobar, Roberto Suárez Gómez, Joaquín Guzmán y el personaje ficticio Tony Montana, protagonista de la película Scarface.

No era un detalle decorativo cualquiera. Era una declaración simbólica. Marset no solo administraba negocios ilícitos: parecía verse a sí mismo como parte de ese panteón de capos que marcaron época.

Según el viceministro de Régimen Interior, Hernán Paredes, el uruguayo movía desde Santa Cruz de la Sierra una red internacional de narcotráfico y acumulaba bienes superiores a los 15 millones de dólares. Durante los operativos se incautaron 16 avionetas, dos aeródromos en el norte cruceño, vehículos blindados —uno con blindaje nivel siete—, motocicletas de alta gama, cinco inmuebles completamente equipados y 21 armas de distintos calibres.

El cuadro encontrado por la Policía funciona casi como una metáfora de su aspiración: Marset no estaba al nivel histórico de esos capos, pero parecía aspirar a pertenecer a ese club.

El espejo de los grandes capos

En la historia del narcotráfico latinoamericano, Pablo Escobar representó el poder absoluto del cartel de Medellín. En los años ochenta llegó a controlar rutas internacionales de cocaína hacia Estados Unidos y acumuló una fortuna que la revista Forbes llegó a estimar en miles de millones de dólares. Tenía zoológicos privados, haciendas gigantescas y una capacidad de corrupción que alcanzaba a policías, políticos y jueces.

En Bolivia, el referente histórico fue Roberto Suárez Gómez, conocido como el “rey de la cocaína”. Durante las décadas de 1980 y 1990 financió operaciones gigantescas de tráfico de droga y llegó a mover cargamentos completos desde la Amazonía boliviana hacia mercados internacionales, en una época en la que los controles eran mucho más débiles.

En México, el poder de Joaquín Guzmán representó otro nivel de sofisticación criminal. El líder del cartel de Sinaloa construyó túneles fronterizos, redes logísticas internacionales y estructuras financieras complejas que convirtieron su organización en una de las más poderosas del mundo.

Y luego estaba Tony Montana, el personaje cinematográfico que simboliza la fantasía del ascenso criminal: el inmigrante que llega sin nada y termina rodeado de mansiones, autos lujosos y montañas de dinero.

Entre la fantasía y la realidad

En comparación con esos nombres, Marset aparece más cerca de la estética del narcotráfico moderno que de su poder histórico. Sus 16 avionetas, aeródromos privados, vehículos blindados y seguridad armada revelan una estructura logística importante, pero todavía distante de los imperios criminales que dominaron décadas enteras del negocio global de la cocaína.

Su riqueza -estimada en más de 15 millones de dólares- también contrasta con las fortunas multimillonarias de los grandes capos del siglo XX. Sin embargo, el estilo de vida sí replicaba el imaginario clásico: propiedades lujosas, vehículos de alto nivel, seguridad privada y un círculo de protección armado.

El cuadro encontrado por la Policía resume esa aspiración. Mientras Escobar, Suárez y Guzmán construyeron imperios que marcaron la historia del narcotráfico, Marset parecía mirarlos desde la pared de su propia casa, como si fueran una especie de galería de referentes.

Un retrato que no solo decoraba una habitación, sino que reflejaba la ambición de quien quería convertirse -al menos simbólicamente- en otro de esos “peces gordos” del narcotráfico internacional.