En este Miércoles “$anto”, el electorado paceño acaba de presenciar una peculiar reedición del relato bíblico: la crucifixión electoral de un “inocente”, René Yahuasi, y la liberación de Luis Revilla, no solo del juicio de las urnas, sino también del balotaje por la Gobernación de La Paz. Como en tiempos de Poncio Pilatos, la escena se repite con inquietante familiaridad: uno carga la cruz mientras otro es puesto en libertad y encaminado a la victoria, no por la voz unánime del pueblo, sino por la presión de sectores políticos influyentes. Y, fieles al libreto, las autoridades electorales optan una vez más por “lavarse las manos”.
El Tribunal Supremo Electoral con extraña rapidez aceptó la renuncia de la Nueva Generación Patriótica a participar de la segunda vuelta electoral por la Gobernación de La Paz, anuló la candidatura de René Yahuasi y proclamó como Gobernador electo a Luis Revilla, candidato gubernamental por la Alianza Patria Sol.
En ese contexto, haber obtenido la simple mayoría con poco más del 20% de los votos no constituye precisamente una hazaña electoral ni puede ser presentado como un triunfo contundente. Sin embargo, fue suficiente para evitar el balotaje. Luis Revilla, quien retornó al país tras un periodo fuera de él y arrastraba cuestionamientos sobre el cumplimiento del requisito de residencia mínima, superó sin mayores obstáculos todas las impugnaciones ante un Tribunal Supremo Electoral que, para muchos, de “supremo” solo tiene de nombre.
Más allá de esas observaciones, el dato político resulta aún más revelador: Revilla alcanzó el 20,02% de los votos válidos (265.189 sufragios), pero la suma de votos blancos y nulos llegó a 403.152, equivalente al 23,34% del total. Es decir, el “voto rechazo” superó al candidato más votado, configurando un escenario en el que la mayoría del electorado no se sintió representada por ninguna de las opciones en carrera.
Así, el virtual nuevo gobernador carga con una legitimidad frágil: cerca del 80% del electorado paceño no votó por él. A ello se suman las persistentes dudas sobre su trayectoria como exalcalde, marcada por más de 250 procesos judiciales, entre ellos el cuestionado caso de sobreprecio en la compra de los buses PumaKatari y el alquiler del Hotel Radisson a un costo exorbitante, que siguen siendo un símbolo de las sombras que acompañan su gestión.
En este cuadro, las señales de protección política no pasan desapercibidas. La justicia boliviana, a ratos indulgente, parece perder firmeza cuando los casos involucran a figuras de peso, alimentando la percepción de que existen “peces grandes” para los que la ley se aplica con distinta vara.
Mientras tanto, la figura de René Yahuasi queda instalada como la del sacrificado en esta contienda. Su candidatura, impulsada por Nueva Generación Patriótica, emergía como un posible canal del voto castigo, especialmente de ese caudal de blancos y nulos que buscaba expresar su rechazo al sistema. Sin embargo, terminó diluida en un escenario donde las estructuras tradicionales volvieron a imponerse.
El electorado paceño parecía inclinarse más por castigar a Luis Revilla que por respaldar, pero el desenlace terminó favoreciendo al candidato de la alianza Patria Sol, quien asumirá funciones a inicios de mayo. Así, entre votos fragmentados, mayorías relativas y decisiones cuestionadas, la política boliviana escribe un nuevo capítulo que, al menos en este “Miércoles $anto”, parece seguir al pie de la letra un viejo y conocido guion.
Lo ocurrido más que un favor es una grave lesión a la legitimidad y legalidad del nuevo gobernador paceño que entrará por la ventana tras haber ganado en mesa, lo que no pudo ganar en cancha y en las urnas. Pero esto recién empieza y todavía falta ver varios capítulos políticos de la crucifixión política.