CRÓNICA. Al Punto y Al Fondo
La jornada parecía destinada a transcurrir entre formalidades administrativas. Pero dentro de la Sala Plena del Tribunal Supremo Electoral comenzó a moverse algo distinto: el aire pesado de las conspiraciones internas y las decisiones que pueden cambiar destinos políticos en cuestión de minutos. El rumor de pasillos tomó cuerpo y se convirtió en votación.
La primera señal fue brutal. El voto de confianza al presidente del Tribunal Supremo Electoral, Gustavo Ávila, terminó convirtiéndose en una especie de juicio político interno. El resultado cayó como un golpe seco sobre la mesa: dos votos a favor y cinco en contra.
En política, y más aún dentro de espacios donde la matemática del poder es determinante, aquello equivalía a un mensaje difícil de disfrazar: el presidente había quedado prácticamente solo.
La segunda escena fue todavía más contundente. Se sometió a consideración el nombre de un reemplazante y apareció Carlos Ortiz Quezada. La votación terminó con un resultado que parecía sentenciar el cambio de mando: cinco votos a favor y ninguno en contra. La historia parecía escrita: Gustavo Ávila estaba fuera de la presidencia.
Pero entonces ocurrió algo que suele pasar en la política boliviana: cuando todo parece decidido, comienza el verdadero partido. Ávila y otra vocal abandonaron la sesión.
Según fuentes del propio Tribunal Supremo Electoral, el presidente saliente se refugió en su despacho y empezó una ronda de llamadas consideradas decisivas. No eran conversaciones menores ni saludos de cortesía. Eran llamadas dirigidas a piezas con capacidad de mover engranajes mayores.
Aparentemente, otras fuerzas empezaban a actuar. Fuentes señalan que desde Sucre habrían comenzado a moverse algunos resortes sobre procesos judiciales pendientes, expedientes archivados y asuntos que en Bolivia rara vez desaparecen del todo: simplemente esperan y se convierten en advertencias silenciosas.
No hace falta mostrar el golpe (la cola de paja); basta con recordar que el golpe existe.
Y entonces el tablero volvió a moverse.
Lo que minutos antes parecía una transición consumada empezó a desarmarse pieza por pieza.
Carlos Ortiz Quezada, que según versiones había recibido con alegría la noticia de su elección, terminó apareciendo en conferencia de prensa para negar que existiera un cambio de presidencia. Lo que parecía un hecho pasó a convertirse en una situación confusa, extraña y difícil de explicar públicamente.
Los vocales que impulsaron la maniobra —Celedonia Cruz y Ramiro Canedo, según las versiones internas— habrían propuesto precisamente a Ortiz para asumir el mando. Pero algo ocurrió entre la votación y la conferencia pública. Algo modificó voluntades o cambió cálculos.
La operación se desinfló antes de tocar puerto.
Así, Gustavo Ávila pasó de sentir el frío de una caída inminente a respirar nuevamente como sobreviviente político.
El hombre que había quedado con dos votos de respaldo terminó conservando el cargo que parecía escapársele entre las manos.
Ávila llegó al Tribunal con respaldo político, primero asociado a espacios de confianza de Luis Arce y luego como representante del Ejecutivo durante la administración de Rodrigo Paz. Antes también tuvo cercanía con estructuras del MAS de Evo Morales en Tarija.
Y quizás la ironía más grande de toda la jornada es que la crisis no expuso solamente una pelea por una presidencia interna. Terminó mostrando algo más profundo: que detrás de los discursos sobre independencia, imparcialidad e institucionalidad, la política boliviana todavía parece moverse con la lógica de los teléfonos que suenan a puertas cerradas.