Categoria: Política
Publicado 22 de julio de 2026

ANÁLISIS: AL PUNTO Y AL FONDO

La alianza que llevó a Rodrigo Paz a la Presidencia parece haber entrado en su etapa final. Ocho meses después del pacto político que los acercó, el presidente y Samuel Doria Medina empiezan a tener una necesidad en común: tomar distancia.

Paz necesita demostrar que puede gobernar sin tutelas y, sobre todo, sin cargar con el desgaste de sus aliados. Samuel, en cambio, necesita despegarse de un Gobierno al que ahora cuestiona por su gestión y que, de continuar por el mismo camino, puede terminar hipotecando sus aspiraciones presidenciales.

La política tiene sus propias supersticiones. Y en Bolivia, a Samuel Doria Medina sus adversarios le han colgado desde hace años una etiqueta incómoda: la de “kencha”, es decir, la de alguien asociado a proyectos políticos que terminan fracasando.

Sus críticos recuerdan sus acercamientos a Jeanine Áñez, su relación política con Luis Revilla y su propia candidatura presidencial junto a José Luis Lupo. Ahora, la lista incluye a Rodrigo Paz, a quien apoyó en la segunda vuelta y que terminó ganando la elección.

El problema es que el Gobierno de Paz no atraviesa su mejor momento. La crisis económica, las dificultades sociales, los cuestionamientos a la gestión pública y ahora el distanciamiento político amenazan con convertir aquella alianza electoral en una carga para ambos.

Samuel parece haber entendido el riesgo. Después de ayudar a instalar el Gobierno, ahora busca marcar distancia. No quiere aparecer como responsable de una administración que él mismo critica y que, según su lectura, debe cambiar.

Su advertencia fue clara:

“Si sigue la corrupción, desde luego eh que no vamos a apoyar, no vamos a ser cómplices de la corrupción”.

Para Paz, la ecuación tampoco es sencilla. El presidente quiere gobernar con su propio equipo, tomar decisiones y realizar cambios sin que cada movimiento sea atribuido a presiones de sus aliados.

Por eso, frente a las críticas de Samuel, optó por bajar la tensión y evitar una confrontación directa.

“En cuanto a lo que indica el señor Samuel, no soy yo para opinar la voluntad o sus criterios. Creo que Bolivia necesita de todos”, respondió desde Tarija.

Pero luego dejó una frase que parece tener destinatarios más amplios:

“Es la hora de ponerse en función del país y no de intereses personales”.

Paz quiere libertad para gobernar. Samuel quiere libertad para criticar. Y ambos parecen haber llegado a la conclusión de que seguir demasiado juntos puede ser más perjudicial que separarse.

El presidente necesita sacudirse la imagen de un Gobierno condicionado por sus aliados y demostrar que tiene el control. Samuel necesita evitar que los problemas de la gestión terminen contaminando su propia aspiración presidencial.

Pero existe un problema: la Asamblea Legislativa.

La ruptura puede ser beneficiosa para ambos en términos de imagen, pero peligrosa para la gobernabilidad. Paz necesita votos para aprobar leyes y enfrentar la crisis económica. Samuel, aunque se aleje del Gobierno, todavía puede ser determinante para garantizar acuerdos parlamentarios.

Por eso, el divorcio puede ser político, pero no necesariamente institucional.

La alianza que nació para ganar una elección puede estar llegando a su final porque ahora ambos necesitan sobrevivir a sus propias consecuencias.

Paz quiere demostrar que Samuel no es imprescindible. Samuel quiere demostrar que Paz no es su responsabilidad.

Y mientras cada uno busca sacudirse la “mala yeta” que atribuye al otro, queda una pregunta: ¿estamos ante el final de una alianza o ante una nueva forma de convivencia política, donde el presidente gobierna por su cuenta y su antiguo aliado lo apoya -o lo confronta- según la conveniencia del momento?

Lo cierto es que, después de ocho meses, el romance político parece haberse terminado. Ahora comienza la etapa de salvarse cada uno por su lado.

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