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Publicado 20 de mayo de 2026

COMENTARIO A “MANO ALZADA”

La conferencia de prensa del presidente Rodrigo Paz dejó una sensación difícil de ocultar: mucho tiempo, muchas palabras y muy pocas respuestas.

En la jerga periodística, a eso se le llama “paja”; discurso abundante, pero sin contenido relevante frente a un país que atraviesa un momento de alta conflictividad y un cerco a La Paz que se prolonga sin salida visible.

Durante más de una hora, el canal estatal transmitió a un presidente desordenado en sus ideas, revisando constantemente apuntes sobre la testera y tratando de sostener un discurso que por momentos parecía perder dirección.

Las ideas se entrecortaban, los argumentos carecían de sustento y el hilo conductor desaparecía con frecuencia. El resultado fue una imagen de improvisación en medio de una crisis.

Y lo más preocupante fue el contenido. No hubo nada nuevo sobre cómo enfrentar los 70 puntos bloqueo de caminos.

Nada nuevo sobre cómo desactivar el cerco a La Paz.

Nada nuevo sobre medidas para contener el vandalismo que genera temor en la población.

Tampoco hubo una señal de autoridad política. Ni siquiera apareció un gabinete completo respaldando al mandatario; estuvieron solo algunos integrantes de su círculo más cercano.

Cuando la población esperaba respuestas sobre el conflicto, el presidente salió a hacer un balance de sus seis meses de gestión.

Cuando se esperaba una medida concreta para desbloquear carreteras, pidió ayuda a la Iglesia, Derechos Humanos, Defensor del Pueblo y las iglesias evangélicas para abrir el «corredor humanitario».

Cuando la expectativa era una acción firme frente a la violencia y el vandalismo, respondió con una convocatoria al diálogo con todos los sectores.

Las preguntas fueron directas. Las respuestas no tanto.

Cuando se le consultó sobre las demandas de diálogo de diversos sectores, anunció la conformación de un Consejo Económico y Social para ampliar participación. Sin embargo, la explicación quedó incompleta y confusa.

Cuando se preguntó sobre una reorganización o ajuste del gabinete, no dio fechas, plazos ni criterios.

Cuando se le consultó sobre un eventual estado de sitio, recordó su formación humanista y reafirmó su apuesta por el diálogo democrático.

Sobre las movilizaciones y los pedidos de renuncia, sostuvo que no es el pueblo quien impulsa esas demandas, sino una persona con intereses particulares.

Negó también la intención de privatizar empresas estatales, aplicar “tarifazos” o imponer impuestos al sector informal.

Y al hablar de diálogo marcó un límite: con los vándalos no habrá conversaciones; para ellos, dijo, corresponde la aplicación de la ley.

Pero el problema central no está en lo que dijo, sino en lo que no dijo.

Lo único nuevo que dejó esta conferencia es la percepción de que el Gobierno no tiene una salida clara al conflicto actual.

No tiene una alternativa visible para desactivar el cerco a La Paz.

No mostró contundencia ni autoridad frente a la escalada de tensión social.

Y aquello era precisamente lo que se esperaba escuchar.

La creación del Consejo Económico y Social tampoco apareció como una novedad política contundente. La idea de ampliar participación y compartir espacios de decisión fue presentada sin precisión ni claridad.  

Esto ya no es cuestión de la política comunicacional, sino que el gobierno no tiene nada para comunicar porque no hay programa de gobierno ejecutable y viable.

Cuando las decisiones retroceden por presión de las calles y cada anuncio termina debilitado antes de aplicarse, la percepción que queda es otra: no hay dirección clara ni gobierno con autoridad.

No hay brújula. No hay norte.

Un gobierno sin partido sólido que lo sostenga, sin apoyo social consistente, sin un programa claramente identificado y sin respuestas concretas a los problemas inmediatos de la población termina proyectando una imagen de debilidad.

Y esa es la sensación que dejó esta jornada. Definitivamente estamos mal de pies a cabeza.

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